Porque el dolor llega sin avisar, y nos quedamos sin palabras - Con Diseño Divino - La Semana del 7 de Marzo

Con Diseño Divino

Porque el dolor llega sin avisar, y nos quedamos sin palabras

De la Palabra de Dios: “Dios nuestro, ¿acaso no vas a dictar sentencia contra ellos? Nosotros no podemos oponernos a esa gran multitud que viene a atacarnos. ¡No sabemos qué hacer! ¡En ti hemos puesto nuestra esperanza!”.  (2 Crónicas 20:12, NVI)

Se suponía que fuera un día de rosas, chocolates, globos y osos de peluche. Se suponía que fuera un día feliz, un día de abrazos, besos, sonrisas. Se suponía… ¡pero en un mundo caído, suponer no quiere decir garantía!

El 14 de febrero fue un día triste, muy triste para muchos aquí en los Estados Unidos, especialmente los que vivimos en la Florida, cerca de Parkland. Un día en que varias familias se despidieron en la mañana sin imaginar que aquellos a quienes aman no regresarían a casa porque un joven de 19 años acabó con sus vidas en un tiroteo despiadado.

Como madre, no puedo ni imaginar el dolor, ¡es demasiado grande! El 14 de febrero nunca será igual para esas personas. No las conozco, ni tú tampoco, pero el sufrimiento tiene la habilidad de unirnos, aunque los rostros sean desconocidos.

Y mientras todas estas cosas sucedían ayer, y veíamos en vivo por televisión a la policía y demás oficiales tratando de controlar la situación, muchas cosas pasaban por mi mente. Y por eso las escribo, y le pido a Dios que de alguna manera estas palabras puedan traer consuelo o ánimo a quien las lea.

Un rey de muchos siglos atrás se vio ante una situación desesperada también. Una situación donde las vidas de su familia y su pueblo se veían en peligro frente al ataque inminente de algo mucho más poderoso. Y fueron justamente sus palabras las que vinieron ayer a mi memoria:

“Dios nuestro, ¿acaso no vas a dictar sentencia contra ellos? Nosotros no podemos oponernos a esa gran multitud que viene a atacarnos. ¡No sabemos qué hacer! ¡En ti hemos puesto nuestra esperanza!».   (2 Crónicas 20:12, NVI)

El mal que rodea a este mundo es un ejército poderoso, encabezado por Satanás. Y en múltiples ocasiones nos sentimos así, no sabemos qué hacer, cómo solucionarlo, cómo consolar, cómo aliviar el dolor y sanar las heridas… ¡Está mucho más allá de nuestra capacidad, sabiduría, fuerza, palabras! Ayer yo sentí total impotencia, hoy todavía la siento.

Pero el pasaje bíblico no se queda ahí, lee esto conmigo:

“…el Espíritu del Señor vino sobre uno de los hombres allí presentes…. Dijo: «¡Escuchen habitantes de Judá y de Jerusalén! ¡Escuche, rey Josafat! Esto dice el Señor: “¡No tengan miedo! No se desalienten por este poderoso ejército, porque la batalla no es de ustedes sino de Dios. Mañana, marchen contra ellos… Sin embargo, ustedes ni siquiera tendrán que luchar. Tomen sus posiciones; luego quédense quietos y observen la victoria del Señor. Él está con ustedes, pueblo de Judá y de Jerusalén. No tengan miedo ni se desalienten. ¡Salgan mañana contra ellos, porque el Señor está con ustedes!” (2 Crónicas 20: 14-17, NTV)

Sin querer sacar el texto fuera del contexto, estas palabras me resultan esperanzadoras, y espero que a ti también.

Luego del día de ayer, hoy tenemos que salir a la calle, hoy tenemos que marchar, y quizá sintamos miedo. La batalla contra la oscuridad nos aguarda afuera, no sabemos cuál pueda ser ni qué forma pudiera tomar. ¡Ruego que no sea algo como lo que se vivió aquí ayer! Pero puede ser un diagnóstico de salud, la pérdida de un trabajo, una relación que se destruye, un hijo que reniega la fe, y muchas otras cosas, la lista es interminable. No obstante, tenemos que marchar, hay que seguir adelante. ¿Dónde está la palabra de ánimo?  Aquí:

“Tomen sus posiciones; luego quédense quietos y observen la victoria del Señor. Él está con ustedes, pueblo de Judá y de Jerusalén. No tengan miedo ni se desalienten.”

Toma tu posición. Para los que somos hijos de Dios, venga lo que venga, nuestra vida ya está marcada con la sangre de Cristo. Esa es nuestra posición.

Quédate quieta. No dejes que la ansiedad te domine ni te turbe al punto de no poder respirar.

Verás la victoria del Señor. Sí, quizá no sea ahora mismo, ¡pero él ganará al final! De hecho, ya ganó. Eso es la cruz, victoria sobre la muerte. Un día el diablo no cobrará más vidas, un día no habrá más tiroteos, un día no habrá más familias que reciban horribles mensajes de texto de hijos que se despiden porque no saben si regresarán a casa. ¡Un día el dolor no estará en el diccionario y las lágrimas serán para siempre enjugadas!

No tengan miedo. Hoy, mientras llevaba a mi hijo de 10 años a la escuela conversamos sobre esto. Le dije algo que sé que fue el Señor quien lo trajo a mi mente. ¡El diablo también hace estas cosas porque quiere que vivamos con miedo! El miedo es un arma fuerte porque nos paraliza, y nos hace dudar de Dios. Sí, las tragedias suceden. Sí, nos duelen y nos asustan. Pero hay una gran diferencia entre asustarse por un momento y vivir en terror constante. Los hijos de Dios tienen la promesa de Su presencia siempre, y el recordatorio eterno de “¡no temas!”.

Oro para que hoy podamos, como el rey Josafat, clamar a Dios y saber que solo en él está nuestra ayuda. Oro que aprendamos a estar quietas, reconociendo que Jesús está vivo y por tanto la muerte no es el final. Oro que la ansiedad no te ahogue y que puedas mirar con esperanza al futuro en Cristo. Oro que el Espíritu de Dios te libere de todo temor y vivas en la libertad del amor de Dios.

Oro que el consuelo único del Padre alcance a las familias de Parkland, que de alguna manera alguien se acerque a tantos corazones destrozados y pueda llevarles el mensaje de la paz de Cristo.

Oro por ese joven, y otros muchos, que necesitan saber que Jesús los ama y que el dolor que los lleva a hacer estas cosas tiene la cura en él. 

Oro que tú y yo seamos instrumentos para que este mundo encuentre la solución a tanto dolor desgarrador: el evangelio.

¿Orarás conmigo hoy, y mañana, y cada día hasta que el Señor venga o nos llame? Seamos intercesoras, seamos mensajeras.

El dolor puede dejarnos sin palabras, ¡pero ponemos nuestra esperanza en Jesús!

© 2018 Wendy Bello
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