Alimento Diario - 8 de Marzo, 2018

  

Marzo 8

Leer Marcos 14:12-16

EL CORDERO DE DIOS

El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, que es cuando se sacrifica el cordero de la pascua, sus discípulos le preguntaron: “¿Dónde quieres que hagamos los preparativos para que comas la pascua?” (Marcos 14:12)

Perfecto. Indefenso. Condenado.

Esas son las únicas palabras que se me ocurren hoy, dos mil años después, para describir el elemento central de la fiesta de la Pascua: los corderos sacrificados en el templo. Año tras año, los pastores llevaban sus corderos a Jerusalén. Debían ser perfectos, sin ningún defecto o enfermedad de ningún tipo. Ciertamente eran indefensos. Y estaban condenados a la muerte.

Me pregunto qué habrá pensado Jesús el último día antes de su muerte. Probablemente lo pasó enseñando en el templo, escuchando los gemidos de los corderos y sintiendo el olor de la sangre que estaba siendo derramada. Sus propios discípulos fueron a comprar y sacrificar una de esas pequeñas criaturas y luego la asaron para la cena. ¿Será que Jesús se vio a sí mismo reflejado en los ojos de ese pequeño cordero?

Perfecto, sí. Un hombre sin pecado: sin codicia, celos o violencia. Un hombre conforme al corazón de Dios, así como su antepasado David. Un hombre que es el corazón de Dios, Dios hecho carne. En él no hubo ningún defecto. Fue aceptable para el sacrificio.

¿Indefenso? Sí y no. “¿No te parece que yo puedo orar a mi Padre, y que él puede mandarme ahora mismo más de doce legiones de ángeles? Pero entonces ¿cómo se cumplirían las Escrituras? Porque es necesario que así suceda” (Mateo 26:53-54). Jesús no se va a ayudar a sí mismo si el hacerlo significa no salvarnos. Su amor por nosotros lo mantiene indefenso.

¿Condenado? Sí. Nada en la historia del mundo ha estado tan predestinado a suceder. El Padre así lo dispuso. El amor de Jesús por nosotros lo movió a hacerlo. Y el Espíritu Santo lo prometió una y otra vez a través de todo el Antiguo Testamento: Jesús habría de morir para rescatarnos.

Pero aun así… Esos corderos en el templo pronto serían la cena, el centro de la gran fiesta de un pueblo liberado por Dios. Jesús, el Cordero de Dios, se ha convertido en el centro de una fiesta aún mayor que celebra la libertad ganada por él para todos nosotros con su muerte y resurrección. A través de su cuerpo y sangre compartimos una vida nueva en gozo. Jesús no sólo es nuestro Cordero, sino también nuestro Salvador.

Oración: Querido Padre, gracias por dar tu único Hijo por nosotros. Amén.

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