Alimento Diario - 31 de Marzo, 2018

  

Marzo 31 – Sábado de Gloria

Leer Mateo 27:59-66

ROCA DE LA ETERNIDAD

José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro nuevo de su propiedad que había cavado en la roca. Luego hizo rodar una piedra grande a la entrada del sepulcro, y se fue. (Mateo 27:59-60 NVI)

Estamos acostumbrados a pensar que las rocas son cosas que no cambian o que, si cambian, lo hacen muy, muy lentamente, en el transcurso de miles de años. ¿Qué no ha visto una roca? Por seguro, todo lo que ha pasado en la tierra. Toda roca debe ser capaz de decir: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Sin embargo, a esa roca, la que selló la tumba de Jesús, le esperaba una gran sorpresa.

José de Arimatea, al igual que tantas otras personas de la época, había mandado hacer una tumba familiar, cavada en la piedra caliza que rodeaba a Jerusalén. Para cerrarla, había una piedra redonda gigante que se hacía rodar en una pequeña bajada hasta cubrir su entrada. Era grande y pesada a propósito, para desanimar a los animales o ladrones de tumbas.

José y Nicodemo envolvieron el cuerpo de Jesús en una sábana limpia y lo pusieron en la tumba. Luego empujaron la piedra hasta tapar la entrada a la misma, y se fueron. Todo quedaría igual (o al menos así pensaban) hasta que muriera el próximo miembro de la familia de José y necesitara ser enterrado. La piedra quedaría allí, sin cambiar, pesada, cumpliendo su objetivo.

Pero no fue así. Primero apareció un escuadrón de soldados que selló la piedra y mantuvo guardia, por las dudas que a los discípulos de Jesús se les ocurriera tratar de robar su cuerpo. (Es obvio que los líderes judíos no los conocían bien.) Luego aparecieron las mujeres para finalizar los detalles del entierro de Jesús. Ellas también estaban preocupadas con la piedra, porque era demasiado pesada para que ellas la pudieran correr.

Pero no tuvieron que hacerlo, porque hubo un terremoto y se apareció un ángel del Señor quien, como si la piedra no pesara nada, la corrió y se sentó sobre ella. La piedra ya no cumplía ningún propósito (más que servir de asiento para el ángel). Dentro de la tumba no había nada para vigilar. Jesús no estaba allí; ya había resucitado.

Oración: Querido Señor, así como quitaste la piedra de la tumba, ven y quita de mi vida las cosas que me aprisionan y libérame para poder vivir confiando sólo en ti. Amén.

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