Alimento Diario - 18 de Marzo, 2018

  

Marzo 18

Leer Juan 19:1-5

LA CORONA DE ESPINAS

 Jesús salió, portando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: “¡Aquí está el hombre!” (Juan 19:5)

Hay una planta pequeña que crece en el desierto, que se llama “corona de espinas”. Tiene ramas largas y finas cubiertas con tantas espinas, que es imposible tocarlas. En las puntas de las ramas crecen hojas bien verdes y pequeñas flores rojas y redondas que parecen gotas de sangre.

Las espinas nos recuerdan el juicio emitido por Dios ante el pecado de Adán y Eva: “… maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinos y cardos… Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:17-18, 19).

Todas las generaciones conocen esta verdad. No hay trabajo sin espinas, ni felicidad completa. Todas las personas sufren algún tipo de dolor. Y sufrimos más aún, porque ese dolor nos recuerda que del polvo venimos y al polvo regresaremos.

¡Qué apropiado fue, entonces, que el Hijo del Hombre llevara una corona de espinas!

Dios maldijo la tierra por causa del pecado del hombre, pero luego se hizo hombre naciendo y sufriendo igual que cualquiera de nosotros. Dios tomó sobre sí nuestra maldición, nuestra culpa y nuestras espinas.

¿Por qué haría algo así? La única respuesta posible la encontramos en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Jesucristo, Dios en la carne, dejó su gloria y vino a buscarnos haciéndose cargo de nuestras penas y dolores. Nuestra maldición cayó sobre él y él la aceptó, aun cuando eso significó morir solo en una cruz. Todo esto lo hizo para redimirnos.

Ahora que Jesús ha resucitado de la muerte, está sentado a la diestra de Dios en gloria y majestad. Y si bien merece la mejor corona que existe, dudo que alguna vaya a superar la que eligió usar por nosotros.

Oración: Señor Jesús, gracias por amarnos tanto como para llevar en tu cabeza nuestras espinas. Ayúdanos a recordarlo siempre. Amén.

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