Susurros Nocturnos - 24 de Octubre, 2015

 

Oct 24 El agujero del diablo

ESPERANZA

1 Reyes 19:9 

Allí pasó la noche en una cueva. Más tarde, la palabra del Señor vino a él. ¿Qué haces aquí, Elías?, le preguntó

El agujero del diablo

Yo vengo del país de la piedra caliza. El hermoso Distrito de Peak, en Derbyshire, tiene algunas de las cuevas más magníficas del mundo. En verdad, la hermosa fluorita “Blue John” se encuentra solamente en Castleton, la “gema de los Peaks”. En esta misma ciudad se encuentra el Castillo Normando de Peveril del siglo XI. Justo debajo de este edificio espeluznante se encuentra la entrada a la cueva natural más grande de Gran Bretaña, y la segunda más grande del mundo. Esta cueva enorme, que recibió el llamativo nombre de Devil’s Arse o el “Agujero del diablo” abre su amplia boca, sólo para, finalmente, encerrarlo a uno en la más completa oscuridad. Siendo aún muy joven, recuerdo haber realizado una excursión por la cueva.

Durante este paseo, el guía, al tiempo que señalaba un agujero en la parte superior de la misma, nos dijo, a manera de relato de ultratumba, que “a través de este mismo agujero los prisioneros del calabozo del Castillo de Peveril eran arrojados a la cueva. Durante días, la gente del pueblo podía escuchar sus gritos a lo lejos, mientras los prisioneros, abandonados para que enloquecieran en la implacable oscuridad, se quejaban y se lamentaban hasta que llegaba el silencio y la muerte”. Para dar un mayor efecto, en ese momento las pequeñas luces se apagaban. No podías ver ni tus propias manos frente a tu rostro y las brisas de viento frío que se sentían en el cuerpo, más bien parecían una malevolencia provocadora. La única ocasión en la que experimenté una oscuridad tan fuerte y desesperante, fue cuando hubo problemas con el apagado de emergencia de un reactor a bordo de un submarino nuclear, mientras navegábamos varios cientos de pies bajo el mar en el Atlántico Norte.

La Biblia relata que en los tiempos antiguos, áreas de piedra caliza similares estaban atestadas de cuevas las cuales eran utilizadas como sepulturas, prisiones, habitaciones y refugios. Los guerreros, especialmente aquellos involucrados en conflictos grandes, a menudo se internaban en ellas para esconderse de los enemigos y curar sus heridas. Como muchas de ustedes saben, señoras, aún hoy los hombres tienen sus cuevas hacia donde se recluyen. Las cuevas pueden dar un poco de solaz y protección para un grupo de hermanos, pero ¡pobre del hombre que entre solo a una de esas cuevas! Soy Celta. Las circunstancias, con frecuencia, me obligan a que por lo menos me ponga en la entrada de mi cueva. No obstante, mi temperamento siempre trata de que me interne en lo más profundo. Como hombre de las cavernas que soy, este es un peligro para mí, ya que no hay mayor oscuridad, (de la cual pareciera que es imposible escapar), no hay trampa más terrible, o caída más desesperada que la de la depresión.

Algunos de ustedes lo sabrán, y me permitirán utilizar el nombre de la cueva bajo el Castillo de Peveril, para describir la locura de muerte que viene con ese abatimiento arrollador, pues en verdad, el ser vencido por la depresión es igual a ser devorado por el agujero del diablo. Tengan cuidado con cuán profundo se aventuran. Vean: Elías, el profeta, cansado por la batalla y agotado por el viaje, sólo por la misericordia y la provisión de Dios, llega a Horeb completamente deprimido; aun así, en el momento de la revelación, se sienta en la boca de la cueva. El Rey David, cansado por la batalla y agotado por el viaje, sólo por la misericordia y la provisión de Dios, llega a Adulam, completamente deprimido; aun así, en el momento de la revelación, se sienta en la boca de la cueva.

Son mis observaciones sobre estos dos hombres de las cavernas, que Elías se encontraba más inmerso en la depresión que David. Dios tuvo que venir y sacar tanto a él, como a sus problemas, afuera. Por otro lado, parece que David pasó la noche en la cueva observando desde la entrada, a las estrellas de la mañana y al sol naciente. Con el arribo de la luz, el calor de la mañana se extiende por su cuerpo y él, cautelosamente, toma su laúd y canta una oración de esperanza en la faz de la aparente desesperanza.

El salir de la depresión es justo eso. Moverse hacia la boca de la cueva en busca de la luz, escuchar a Dios y cantar cantos de esperanza en la faz de la desesperanza. Necesitamos un poco de luz, un poco de calor para hacer esto. Necesitamos, por lo menos, dirigirnos al frente de nuestra cueva y levantar nuestros ojos hacia los montes, esperando Su llegada.

Amigo. ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Está atento, mira y date cuenta...! ¡Siente la bondad de Dios rebosando en tí y aliviando tu ser! ¡Cuéntale a Él tu historia y canta de tu confianza y esperanza en Él! ¡Vístete como guerrero una vez más y canta hoy, a tu propia alma!

Reflexiona: “Ten compasión de mí, oh Dios; ten compasión de mí, que en ti confío. A la sombra de tus alas me refugiaré, hasta que haya pasado el peligro.” Salmos 57:1 

Ora: Envía ayuda, oh Señor, desde el santuario. Envía viento y fuego y terremoto. Envía calor a mi alma, oh Dios y levanta mi cabeza hacia Tu Hijo que se levante triunfante. ¡Pon un canto nuevo en mi boca hoy, mi Señor! Amén.

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