Susurros Nocturnos - 13 de Agosto, 2016

Aug 13 Fortalezas, puntos de apoyo y sumideros

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Zacarías 9:11-12

En cuanto a ti, por la sangre de mi pacto contigo libraré de la cisterna seca a tus cautivos. Vuelvan a su fortaleza, cautivos de la esperanza, pues hoy mismo les hago saber que les devolveré el doble.

Fortalezas, puntos de apoyo y sumideros

Los sumideros son comunes en las regiones donde debajo de la superficie del suelo la roca es caliza carbonífera o hay lechos salinos. Esencialmente, se encuentran en lugares donde la roca, literalmente se disuelve con el paso del tiempo. A medida que la lluvia y el agua subterránea circulante erosionan la roca, tarde o temprano se forma un abismo bajo la superficie, hasta que un día, el espacio se hace tan grande que ya no puede sostener lo que hay en la superficie y luego ¡desastre! La tierra cede y todo en la superficie es tragado por un agujero gigante de devastación.

El término demonización no hace a un lado de manera elegante el debate sobre la posibilidad de un Cristiano de ser “poseído” u “oprimido” por las fuerzas de la oscuridad, sino más bien, lo aborda y lo explica mucho mejor. De aquí se desprende que la demonización de los cristianos no es un tema popular para el cuerpo de la iglesia ya que, después de todo, trae consigo una cierta degradación de nuestra espiritualidad, ¿no lo creen? No obstante, debo decir que algunas mañanas me he levantado de la cama y antes de despejar el sueño de mis ojos, sé que el diablo está sobre mi funda, sobre mi espalda y ciertamente, ¡hay momentos en los que puedo sentir su aliento caliente en mi cuello! Me siento demonizado en el sentido de ser atacado y oprimido; de sentirme deprimido de una manera inusual, enfermo sin causa, temeroso, desconfiado, aterrado, etc. ¿Debo decir más?

Ahora, antes de que piensen que atribuyo todas estas cosas simplemente a la influencia demoníaca, déjenme decirles que no es así. Sin embargo, estoy comenzando a ver la diferencia entre la desolación producida por la carga emocional de mi propio pecado y aquella ¡estimulada externamente e impuesta sobre mí desde afuera! Amigos, estamos inmersos en una guerra espiritual, la cual brama cada día, sobre y alrededor de nuestra mente, nuestros corazones y nuestros cuerpos. Esta es la razón por la cual somos llamados a ponernos la armadura, a resistir al diablo y a tomar, especialmente, las armas de la Palabra y de toda clase de oraciones, y blandirlas como destructivos elementos de devastación, los cuales son poderosos en la destrucción de las fortalezas. Además de esto, a través del arrepentimiento, el perdón y la confesión continuos -cual salvados y santificados zapadores- debemos tratar de llenar los muchos puntos de apoyo que también hemos cedido al enemigo.

Son estos puntos de apoyo, en estos lugares de resentimiento y estos lugares de dolor enconado y falsos acuerdos con el enemigo, estas fortalezas que, si se las descuida, cavarán un abismo de vacuidad debajo de la aparentemente firme superficie de nuestras vidas. Entonces, un día, a menos que luchemos y la llenemos, la superficie de nuestro mundo colapsará bajo nuestros pies y ¡desastre! Todo lo de arriba caerá en un gran agujero de devastación.

Querido amigo, los demonios te acechan y su propósito es tu caída, tu destrucción, y la devastación de todo lo bueno y todo lo que se relacione con Dios, en tu vida. Ellos buscan los defectos en tu vida, aquellos que te hacen caer. Hoy me gustaría sugerirte que si sientes que la tierra bajo tus pies comienza a ceder, entonces probablemente haya algunas fortalezas o puntos de apoyo con los que debas tratar; porque, amigos, hay luchas y asuntos pendientes que todos debemos atender, y hasta que no lo hagamos, todos continuaremos siendo demonizados de algún modo y en una forma oscura, que hace parecer que la tierra se estremece bajo nuestros firmes pies. 

Reflexiona: “No prevalecerá ninguna arma que se forje contra ti; toda lengua que te acuse será refutada. Ésta es la herencia de los siervos de Señor, la justicia que de mí procede, afirma el Señor.” Isaías 54:17

Ora: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria. Amén. Mateo 6:9-13

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