Aventuras en la Historia Sagrada - La Semana del 10 de Diciembre

Dios Sabe...Cuando Me Pregunto Si Puedo Cambiar - Parte 1
¿Recuerdan al hombre que cuidó las túnicas de la gente que apedreó a Esteban? Ese hombre era Saulo de Tarso. Saulo utilizaba métodos salvajes con el propósito de destruir a todos los seguidores de Cristo. Él iba de casa en casa sacando a los que creían en Jesús y los arrestaba. Incluso, se aseguró de que algunos fueran sentenciados a muerte.
 
La persecución a los seguidores de Jesús ayudó a que se propagaran las buenas nuevas del amor de Dios. Hizo que los creyentes se esparcieran mientras buscaban lugares seguros donde vivir fuera de Jerusalén. Algunos fueron a Damasco, ciudad que se encuentra a una semana de distancia caminando hacia el norte de Jerusalén. Saulo los siguió.
 
A mediodía en el último día de su viaje, Saulo llegó a la orilla del Monte Hermon. Debajo se encontraba Damasco, una ciudad blanca y hermosa en un plano verde y fructífero.
 
Señal de Alto para Saulo
De pronto una brillante luz del cielo rodeó a Saulo. Él y los que con él iban cayeron al suelo. "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" preguntó la voz.
 
¡Los acompañantes de Saulo estaban aterrorizados! La luz brillante casi los dejó ciegos. Podían oír la voz pero no entendían las palabras. Pero Saulo sí podía entender las palabras. "¿Quién eres, Señor?" preguntó. "Yo soy Jesús a quien persigues," fue la respuesta.
 
La mente de Saulo trabajó rápidamente. De pronto entendió que Jesús era el Mesías prometido y ahora le estaba hablando directamente a él. Recordó el sermón de Esteban y reconoció su verdad. Se dio cuenta de que había estado haciendo el trabajo de Satanás, no el trabajo de Dios. Era el momento de la verdad.
 
"¿Señor, qué quieres que yo haga?" preguntó Saulo.
 
"Levántate y entra en la ciudad, y ahí se te dirá lo que debes hacer," fue la respuesta. Hasta entonces, Saulo había hecho lo que él pensaba que era mejor. Ahora, haría lo que CRISTO quería que hiciera.
 
Saulo se levantó, pero no podía ver absolutamente nada. Desvalido y ciego, fue guiado de la mano a Damasco. Por tres días Saulo permaneció ciego. No comió ni bebió. ¡Pero sí pensó! La verdad era obvia, ahora se había abierto su mente a la luz del cielo. No podía ver con sus ojos, sin embargo ahora podía ver claramente. Humildemente, confesó que era un pecador que necesitaba un Salvador. Vio que Jesús vino a este mundo con ese preciso propósito.
 
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