Susurros Nocturnos - 8 de Julio, 2016

Jul 8 La visión de la vida

MISERICORDIA

Ezequiel 16:6

“Pasé junto a ti, y te vi revolcándote en tu propia sangre y te dije: ¡Sigue viviendo!, sí te dije: ¡Sigue viviendo!”

La visión de la vida

Imaginen a un niño recién nacido, abandonado en un campo abierto, solo y desnudo, con su cordón umbilical aún unido a la placenta desechada. La madre se ha ido y los buitres lo rodean bajo el sol de la mañana, esperando que se detengan los penosos gritos de ese espécimen de niño, repudiado y cada vez más frío y maloliente, y que se quede quieto, para darse un banquete con aquellos ojos recién abiertos. Este niño ha sido abandonado a la muerte, a morir de una manera despreciable y solitaria. 

Así es que Dios dibuja la imagen del verdadero estado de Israel, antes de Su intervención soberana; y amigos, al hacerlo, dibuja la imagen verdadera del estado en que estamos nosotros, antes de Su intervención soberana: todos estamos muertos en nuestros delitos y pecados; todos nos retorcemos como niñitos ensangrentados, abandonados y gimientes. 

No quiero alejarnos de la enseñanza clara de las Escrituras respecto a la responsabilidad personal, sino que quiero hoy apuntar hacia esta maravillosa y consoladora verdad bíblica. Cuando Dios dice “¡Vive!”, pues entonces ¡las personas viven! Como dice Spurgeon, es un “mandato irresistible”. Una vez que Él habla, ¡todo se lleva a cabo! 

Jesús, según recuerdo, es presentado en dos oportunidades dentro de las Escrituras como absolutamente maravillado. Una es ante la incredulidad de Su propia tierra, de Sus propios familiares y de Su propia casa, y la otra es ante la credulidad del centurión romano cuya fe descubierta, literalmente maravilla a Jesús y lo lleva a proclamar: “Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe” (Mateo 8:10 NVI). La fe a la que Jesús hace referencia aparece encerrada en la respuesta del centurión ante la idea de que Jesús encaminara sus pasos hacia su casa: “Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano ” (Mateo 8:8 NVI). 

¿Ven, amigos? He aquí el abrazo de una verdad, que al ponerse en práctica, cautiva de manera fantástica y certera el alma del Salvador Soberano y lo hace gritar de gozo. Cautiven hoy una vez más Su alma, amigos, y al hacerlo, cautiven Su corazón y cambien su mundo de preocupaciones, por un mundo de maravillas que contemplar. 

“Señor, respecto a mi hijo… por favor, dí una sola palabra y…”
“Señor, respecto a mi esposa… por favor, dí una sola palabra y…”
“Señor, respecto a las palabras de mi doctor… por favor, dí una sola palabra y…”
“Señor, respecto al gerente de mi banco… por favor, dí una sola palabra y…”
“Señor, el enemigo está diciendo que…por favor, dí una sola palabra y…”
“Señor, esta montaña gigante que obstaculiza… por favor, dí una sola palabra y…” 

Reflexiona: “¡Vive!”

Ora:

Hambriento vengo a Ti, porque sé que Tú me puedes saciar.
Estoy vacío, pero sé que Tu amor no se agota
y así espero por Ti. Así espero por Ti.
Me postro de rodillas. Te ofrezco todo de mí.
Jesús, eres todo por lo que este corazón vive.
Quebrantado vengo a Ti, porque Tus brazos están abiertos
Estoy agobiado, pero sé que Tu toque restaura mi vida,
y así espero por Ti. Así espero por Ti.
Me postro de rodillas. Te ofrezco todo de mí.
Jesús, eres todo por lo que este corazón vive.
(Kathryn Scott - “Hungry”)

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