Susurros Nocturnos - 5 de Agosto, 2016

Aug 5 Enfrentando las “Lunas Azules”

FE

2 Reyes 4:23

¿Para que vas a verlo hoy?, le preguntó su esposo, No es día de luna nueva ni sábado. No importa, respondió ella.

Enfrentando las “Lunas Azules”

Nanci Griffith la popularizó, pero sus autores fueron Patrick Alver y Gene Levine. Me refiero a una hermosa balada de música country titulada “Cuando la luna se torne muy azul”. Por supuesto que las “lunas azules” no existen. Al principio se utilizaba la frase para referirse a algo “que era muy poco probable que ocurriera”, como decir, “tendremos una luna azul antes que esto o aquello…” Sin embargo, a partir de su antiguo uso, la luna azul terminó siendo el nombre de la tercera luna llena en una estación (tres meses) de cuatro lunas llenas. Posteriormente, a principio y mediados del siglo XX, se convirtió en el nombre de la segunda luna llena en un mes. ¿Complicado, verdad? El asunto amigos míos es que en el gran diseño de la ocurrencia intergaláctica de las cosas, las lunas azules pueden ser bastante comunes ¡pero no son acontecimientos diarios! ¿Comprenden esto? 

Del mismo modo, en lo concerniente a nuestras vidas, nada de lo que nos ocurre es algo que no sea común a la humanidad. Sin embargo, ocasionalmente, todos experimentamos hasta cierto punto algo que no es un acontecimiento diario. Algo que es inusual, un suceso del tipo luna azul. Y lo inesperado, lo inusual de este acontecimiento podría hacer que nos detengamos, que temblemos, que fracasemos o caigamos. Nancy Griffith canta: 

Hay una luna azul brillando 
Cuando recuerdo todo lo que hemos pasado
Esta luna azul…brillando
¿Alguna vez brilla sobre ti?
Te comportas como si nunca te hiriera en lo absoluto
Como si sólo yo me estuviese levantando de una caída
¿Acaso no recuerdas?
¿No puedes recordar?
Lo haré una vez... cuando la luna se torne muy azul. 

En nuestro versículo de hoy, una mujer sunamita había proporcionado durante años alojamiento al profeta Eliseo en su ministerio itinerante. Los años habían pasado y no tenía hijos. Entonces, por su preocupación, y por la gracia de Dios y mediante la intervención del profeta con sus oraciones, recibió la “recompensa de profeta” en la forma de un adorable hijo varón, incluso a pesar de la avanzada edad de su esposo. Ella adoraba y abrazaba con pasión a este hijo de la vejez. 

Pero una brillante mañana de un día de luna muy azul, este maravilloso e inesperado regalo de Dios se quejó de un terrible dolor de cabeza. Lo llevaron a la casa y lo colocaron sobre el regazo de su madre. Con sus ojos cegados de dolor se quejaba constantemente, hasta que poco después murió. Con furia reprimida y la determinación silente de un submarino nuclear que zarpa hacia profundos mares de batalla, esta madre enloquecida se levanta de su asiento de lágrimas, cierra tranquilamente la puerta a sus espaldas y se dirige a buscar tanto la causa como la respuesta a todos sus problemas. Su compostura se demuestra en su rápida pero organizada salida; además, cuando le preguntan sobre la posibilidad de problemas en su vida responde con determinación “todo está bien” a aquellos que se muestran preocupados. Ensillando su asno, parte en silencio de su desvastado puerto. La sunamita se dirige en una sola dirección ¡el profeta Eliseo! 

Haciendo caso omiso de todo y todos, llega ella a su destino y se lanza literalmente a los pies de Eliseo, casi derribando al desprevenido profeta. Y ¡pum! dice: ¿Acaso le pedí un hijo a mi Señor? ¡PUM! ¿No le dije que no se burlara de mí? ¡PUM! 

Estas preguntas explosivas son el resumen de todas las dolorosas súplicas, todas las temerosas añoranzas y las expectativas destruidas de su destrozado corazón. Lo que había permanecido escondido a la vista de Eliseo mientras observaba los pasos decididos y directos de la tormenta de tristeza que se aproximaba, bramando con ira y proyectándose contra la mirada fija de la sunamita, sumergido y peligroso en la profundidad de periscopio de su angustia en modo de ataque, queda ahora de manifiesto ante él y entonces responde partiendo a enfrentar el problema. 

Amigos, cuando una luna azul se posicione en vuestro cielo, ciérrenle la puerta al problema, ensillen sus caballos y vayan hasta Jesús, láncense a sus pies, díganlo todo, aférrense a Él y no lo dejen ir. Insístanle en que venga personalmente a atender el problema. ¡Insístanle yo se los digo! 

Llámenle como ustedes quieran a este enfoque para lidiar con sus problemas inusuales, y con sus inesperadas y terribles lunas azules. ¡Yo lo llamo una solución! Vayan y busquen a Jesús. Vayan y búsquenlo a Él ahora. 

Reflexiona: “Eliseo se levantó y se puso a caminar de un lado a otro del cuarto, y luego volvió a tenderse sobre el niño. Esto lo hizo siete veces, al cabo de las cuales el niño estornudó y abrió los ojos. Entonces Eliseo le dijo a Guiezi: Llama a la señora. Guiezi así lo hizo, y cuando la mujer llegó, Eliseo le dijo: Puedes llevarte a tu hijo. Ella entró, se arrojó a los pies de Eliseo y se postró rostro en tierra. Entonces tomó a su hijo y salió.” 2. Reyes 4:35-37 

“Cuando terminó de hablar al pueblo, Jesús entró en Capernaúm. Había allí un centurión, cuyo siervo, a quien él estimaba mucho, estaba enfermo, a punto de morir. Como oyó hablar de Jesús, el centurión mandó a unos dirigentes de los judíos a pedirle que fuera a sanar a su siervo. Cuando llegaron ante Jesús, le rogaron con insistencia: Este hombre merece que le concedas lo que te pide: aprecia tanto a nuestra nación, que nos ha construido una sinagoga. Así que Jesús fue con ellos. No estaba lejos de la casa cuando el centurión mandó unos amigos a decirle: Señor, no te tomes tanta molestia, pues no merezco que entres bajo mi techo.” Lucas 7:1-6 

Ora: Señor, ayúdame a correr hacia Ti y a aferrarme a Ti cuando alguna luna azul se pose cercana y enorme en la noche de mi cielo. Ayúdame a orar sin descanso y a reflexionar ¡para encontrar la solución en todas las situaciones difíciles de mi vida! Yo suplico e imploro, ruego e insisto que regreses a mi casa amado Jesús y sme ayudes a solucionar hoy todas mis lunas azules. Señor no te dejaré hasta que no me bendigas. Amén. 

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