Susurros Nocturnos - 4 de Noviembre, 2016

Nov 4 Cómo debatir con el diablo

SILENCIO 

Isaías 36:21 

Pero el pueblo permaneció en silencio y no respondió ni una sola palabra, porque el rey había ordenado: “No le respondan.”

Cómo debatir con el diablo 

El sitio de Jerusalén no fue algo para tomar a juego. Aunque una ciudad podía resistir por mucho tiempo aun contra los atacantes más terribles, el ser sitiados por un largo tiempo inevitablemente conduciría a la hambruna y la enfermedad, combinado con toda clase de maldad que esto traería asociada, inclusive el canibalismo.

En aquellos días, la caída de las ciudades luego de sitios tan largos no llevaba por sí misma a la civilidad. Los conquistadores podían ser brutales. Por lo tanto, era en el interés de todas las partes involucradas que la ciudad de Jerusalén se rindiera cuanto antes. Senaquerib no podía derribar las murallas de Jerusalén, entonces, él las derribaría valiéndose de la burla, el escándalo y la mentira, derritiendo los fuertes corazones que las habían levantado.

En el campo de batalla, fue el primer oficial de Senaquerib quien se dirigió a hablar con los vacilantes guerreros apostados sobre las murallas. Él hablaba su lenguaje, era erudito, inteligente, insolente, arrogante, altanero y mentiroso. Su principal propósito era conseguir una rendición temprana iniciando un fuego de terror tal en los corazones de sus oyentes, que su crepitar provocaría el estallido de sus labios sobre el rey Ezequías y lo forzaría a abrir las puertas y de esa forma lograría que el rey sucumbiera. El rey Ezequías pudo haber sido muchas cosas, pero en este incidente no fue nada tonto... fue astuto. Si no podía evitar la llegada de su enemigo, si no podía evitar que su enemigo hablara, si no podía evitar que su pueblo escuchara, bien, el rey Ezequías podía, ciertamente, evitar que su pueblo respondiera.

Hay aquí cinco temas para que ustedes recuerden en el día de hoy. Tomen su mano derecha y coloquen estos cinco anillos del conocimiento en cada dedo incluyendo en el pulgar.

Primero entonces, aprendan que el diablo es inmensamente inteligente. Él sabe cómo hablarles, dónde y cuándo hacerlo. ¿Cómo sabrán que es Él quien les habla? Bueno, un testimonio de que es él el que habla, es el vibrante temor que ustedes sienten en sus corazones mientras, por otro lado, buscan obedecer al Señor.

Segundo, tengan en cuenta que el diablo siempre se vale de algunos hechos reales para intentar ocultar sus grandes mentiras. Esto le ha dado resultado por miles de años. Date cuenta querido amigo: Si lo que escuchas no es toda la verdad, entonces probablemente sea el diablo el que está hablando.

Tercero, si fuese posible, no le prestes oído al diablo, no le des la oportunidad de decirte sus condiciones, no lo dejes entrar y no lo dejes hablar. No le des permiso para que te hable. No te pongas a su disposición.

Cuarto, si el diablo te sorprende al llegar, no seas amable. No lo escuches. Dale la espalda. Desvía tu mirada. Llena tus oídos de mejores sonidos, llena tu mente con verdades de las Escrituras.

Por último, por supuesto: no hables con el diablo. Esta es la forma de debatir con él: No lo haces. Querido amigo, nunca jamás entres en conversación con el diablo. No discutas, no justifiques, no hables.

La presencia de un temor estremecedor es una señal de la voz del enemigo; esto quedará evidenciado con una pequeña parte de verdad y muchas mentiras, por eso, no le prestes oído, no seas amable, no escuches y no respondas. ¿Lo entiendes? Las únicas palabras que debes pronunciar, en caso de pronunciar alguna, son aquellas dadas a ti por el Señor tu Dios a través de Su Palabra. El Señor sabe dónde vive el diablo. Dios sabe su número, Dios sabe lo que está sucediendo. Así es que, ¡deja que Dios hable! ¿Lo comprendes? ¡Bien!

Reflexiona: “Yo sé bien cuándo te sientas, cuándo sales, cuándo entras, y cuánto ruges contra mí. Porque has rugido contra mí y tu insolencia ha llegado a mis oídos, te pondré una argolla en la nariz y un freno en la boca, y por el mismo camino por donde viniste te haré regresar.” - Isaías 37:28-29

Ora: Jesús, pon guarda en mis labios, pon Tu espada en mis manos, y al escuchar las monstruosas mentiras del diablo y el temor que sólo él infunde, llévame nuevamente a la clara voz de Tu verdad y con la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarda mi corazón y mi mente. Amén.

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