Susurros Nocturnos - 3 de Abril, 2014

 

Apr | 03 | Estos son huesos duros

 
QUIETUD

Salmo 46:10a
Quédense quietos y conozcan que yo soy Dios;

Estos son huesos duros

El poeta galés RS Thomas, en su poema “En una Iglesia” resume nuestra muy a menudo compartida experiencia de silencio del siglo XX.

Muy a menudo
Trato de analizar la calidad de sus silencios.
¿Es acaso aquí donde Dios se esconde
de mi búsqueda? He dejado de escuchar,
después de que las pocas personas han ido
a buscar aire para prepararse
para la vigilia. Ha estado así
desde que las piedras se agruparon alrededor.
Estos son los huesos duros
de un cuerpo al que nuestras oraciones no han podido
animar. Las sombras avanzan
desde sus rincones, para tomar posesión
de lugares donde hubo luz
por una hora. Los murciélagos reanudan
su tarea. La inquietud de las bancas de iglesia
cesa.
No existe otro sonido
en la oscuridad; sólo el sonido de un hombre
respirando, probando su fé
en la vacuidad, clavando sus preguntas
una por una a una cruz deshabitada.

Amigos, casi nunca estamos solos en nuestros silencios, ¿no es así? Cuentas que pagar, palabras olvidadas, el trabajo, las prisas, las cosas urgentes, los deseos, los apetitos, las inquietudes, los temores y el cansancio, todos se sientan ruidosamente con nosotros en nuestros intentos de tener un tiempo de quietud. La única cosa por hacer es, entonces, escuchar sus gritos hasta que mueran en la lejanía de nuestros pensamientos. Después de su salida ruidosa y reacia, muy a menudo escuchamos aquello que casi siempre es a lo que más tememos: nuestra propia voz. Tal vez como la de un niño, llorando, sintiendo el abandono, anhelando ser escuchado al fin y rogando por liberación. Tal vez como la de un hombre avergonzado; tal vez como la de una mujer llena de odio hacia sí misma; tal vez como la de un guerrero quien se llama a sí mismo un cobarde; tal vez...bueno, ustedes saben a lo que me refiero. Se necesita tiempo al igual que tiempos de silencio para ponernos a cuenta con nosotros mismos, ¿no creen?

Cuando permitamos que el 'ruido' se aleje y dejemos que la voz de nuestro interior nos hable, experimentaremos una suave y amorosa quietud (porque es increíble la paz que podemos experimentar una vez que nuestras voces tienen una oportunidad de ser escuchadas), y oiremos finalmente a Aquél a quien ama y anhela nuestra alma, ¡hablándonos a nosotros! Entonces, verdaderamente habremos comenzado a escuchar. Así que, “Ven, Señor, háblanos en el silencio, mientras esperamos en Ti; aquieta nuestros corazones para escuchar con esperanza.”

Reflexiona: “...y después del fuego, vino un suave murmullo.” 1a. Reyes 19:12-13

Ora: Señor, ayúdame a no temer al silencio y a las voces eternas que puedo escuchar en él. Amén y Amén.
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