Susurros Nocturnos - 29 de Mayo, 2016

May 29 Cicatrices, heridas y caballos de guerra

BATALLA

Apocalipsis 6:9-10

Cuando el Cordero rompió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sufrido el martirio por causa de la palabra de Dios y por mantenerse fieles en su testimonio. Gritaban a gran voz: “¿Hasta cuándo, Soberano Señor, santo y veraz, seguirás sin juzgar a los habitantes de la tierra y sin vengar nuestra muerte?”

Cicatrices, heridas y caballos de guerra

Amigos, el llamamiento de los cristianos a las armas es un tema difícil. Sin embargo, es muy poco más fácil cuando reconocemos que aunque las armas de nuestra milicia no son carnales, sí son, sin embargo, poderosas en Dios. (2 Corintios 10:4-5) Caminamos en un sendero desafiante y muchas veces el pacifismo puro no es la opción correcta.¡Ciertamente, en el mundo espiritual esa no es la opción!

Sin embargo, ¿cómo podemos nosotros, pacificadores del Altísimo, amar ardientemente e involucrarnos al mismo tiempo en una guerra?¿Cómo podemos ser ministros de vida y muerte al mismo tiempo?¿Cómo podemos mostrar benignidad hacia nuestros enemigos y tener una grandiosa victoria sobre ellos al mismo tiempo? ¿Cómo podemos tener voz y conquistar?¿Cómo podemos tener odio y dar un abrazo?¿Cómo podemos pelear intensamente sin caer en pecado?¡Claro que es difícil y por supuesto que es peligroso que un cristiano se involucre en la guerra! Sin embargo, tal vez debemos esperar sufrir más dificultades y peligros que los que sufrimos ahora.

Vivimos en un enorme campo de batalla. La iglesia está militando, está combatiendo y está experimentando victorias y derrotas a todo lo largo de su enérgico frente. El derramamiento de lágrimas y sangre es evidente tanto en las victorias como en las derrotas presentes, y por supuesto que es así, ya que todavía no hemos llegado a casa. Yo me pregunto si algunos de nosotros no nos sentiremos profundamente avergonzados frente a Cristo cuando nos pida que nos subamos las mangas de nuestras camisas, ante el Comandante de los ejércitos de los cielos y de todas las huestes celestiales. El los mirará a todos y a nosotros y repetirá estas líneas:

¿No tienes ninguna cicatriz?

¿Ninguna oculta en pies, costado o manos?
Te escucho cantar como grande en la tierra
Escucho como alaban tus triunfos
¿No tienes ninguna cicatriz?

¿No tienes ninguna herida?
Yo si fui herido por los arqueros, cansado
me recostaron contra un árbol para morir;
Rodeado de bestias rapaces, sucumbí
¿No tienes ninguna herida?

¿Ninguna herida? ¿Ninguna cicatriz?
Pues como su Amo el siervo habrá de ser,
y heridos son los Pies del que me sigue;
Amy Carmichael

Quizás Job estaba en lo cierto cuando dijo que a diferencia de nosotros los cristianos, solamente los caballos preparados para la guerra pueden desde lejos oler la batalla, porque sólo ellos están dotados de fuerza y vestidos de trueno desde lo alto. (Job 39:19-25) Quizás yo esté equivocado amigos, pero déjenme preguntarles hoy a algunos de ustedes que están listos para la pelea, algunos de ustedes que se sienten frustrados por solamente limpiar bancos con sus pantalones de domingo en la mañana, algunos de ustedes hombres, que están inquietos en las bambalinas, esperando y listos para la acción: “¿No escuchan el sonido de la trompeta llamando?¿No están erizados los cabellos de sus nucas y listos sus brazos para la acción al servicio de su Rey? Si es así, entonces quizás ustedes son caballos de batalla del Señor, y sinceramente aunque puedan asustar a algunas yeguas viejas, necesitan salir a buscar pelea. El que tenga oídos para oír, que oiga y el que tenga nariz, ¡que huela!

Reflexiona: “Se burla del miedo; a nada le teme; no rehuye hacerle frente a la espada. En torno suyo silban las flechas, brillan las lanzas y las jabalinas.
 
En frenética carrera devora las distancias; al toque de trompeta no es posible refrenarlo. En cuanto suena la trompeta, resopla desafiante; percibe desde lejos el fragor de la batalla, los gritos de combate y las órdenes de ataque. Job 39:22-25
 
Ora: Maestro. Tú viniste y trajiste una espada. Viniste a predicar la paz y a hacer guerra. Viniste a unir y a dividir. Señor ayúdame y manténme en Tus santas fronteras, pero oh, Señor, no me dejes estar sin hacer nada. No Señor, por favor, ¡permíteme salir! En el nombre de Jesús yo oro. Amén.
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