Susurros Nocturnos - 29 de Junio, 2016

Jun 29 La tercer cosa más difícil

PERDONAR

Génesis 50:15-17 

Al reflexionar sobre la muerte de su padre, los hermanos de José concluyeron: “Tal vez José nos guarde rencor, y ahora quiera vengarse de todo el mal que le hicimos.” Por eso le mandaron a decir: “Antes de morir tu padre, dejó estas instrucciones: ‘Díganle a José que perdone, por favor, la terrible maldad que sus hermanos cometieron contra él.’ “Así que, por favor, perdona la maldad de los siervos del Dios de tu padre.” Cuando José escuchó estas palabras, se echó a llorar.(NVI)

La tercer cosa más difícil

Permítanme concluir esta pequeña trilogía sobre el perdón con la prueba del llanto. Es un error común entre aquellos que no están en Cristo el considerar el aspecto confesional y del sufrimiento del pecador arrepentido y concluir que el Cristianismo es un sendero deprimente. En realidad, el hecho de que muchos de nosotros en la iglesia nos mostramos extraña y maravillosamente felices de permanecer en la “tristeza” que la presentación bíblica del pecado original parece mostrar, simplemente refuerza esta apreciación. A los asombrados observadores de fuera les digo, “He aquí el cristiano en su peregrinar. ¡Que copa de tremendo gozo! A los severos, sombríos y tristes hermanos que gimen bajo el peso de sus fallas les digo: “¡Por amor de Dios, detengan eso! Le dan a Jesús mala fama. ¡Sean la copa de tremendo gozo que deben ser!”

El problema aquí es simple y complejo a la vez. Es simplemente que todavía tenemos que conformarnos y chapotear en el agua como niños pequeños, como pequeños gatitos, alborotando con peleas, dando volteretas y mordiendo, sacudiendo y maullando en el piso alfombrado de la muy maravillosa naturaleza de Dios que todo lo perdona. Parece que nuestro cristianismo cultural ha considerado que debemos permanecer más bien humildemente agradecidos y respetuosamente callados respecto a nuestro perdón, en lugar de mostrarnos asombrosamente activos expresando nuestros sentimientos con fuerza y tan contentos como un niño con su juguete nuevo. Debemos estar felices ¡y no hay nada más escandalosamente feliz que encontrar y sentir el perdón! El problema es que no hemos logrado apropiarnos de ese perdón y la evidencia de ello se manifiesta de tres formas: 

Primero, nuestra miserable inactividad y mediocridad. Expresiones como: ¡Dios mío, ese coro de nuevo! se escuchan en nuestros apáticos y patéticos cultos de adoración.

Segundo, una desagradable lentitud en perdonar a otras personas. 

Tercero, la reticencia a perdonarnos a nosotros mismos. 

Este último aspecto es importante, y sin dudas es la causa de los dos primeros problemas.

¿Ven amigos? la tercer cosa más difícil es aceptar el perdón. José ya había perdonado totalmente a sus hermanos, y la historia que inventaron sobre la preocupación del padre lejano fue simplemente el resultado de su incapacidad de perdonarse a sí mismos. Todavía se condenaban a sí mismos y temían la represalia de José. Ante esto, José lloró.

Entonces, permítanme hoy hacerles la siguiente pregunta amigos: ¿acaso llora Jesús por lombrices que se retuercen las cuales deberían ser niños juguetones? ¿Que hará Él con ustedes, viejos amargados? ¿Qué hará Él con ustedes los que todavía están esperando que caiga el martillo que no existe? 

Reflexiona: “Así que, ¡no tengan miedo! Yo cuidaré de ustedes y de sus hijos.” Y así, con el corazón en la mano, José los reconfortó. Génesis 50:21 (NVI) 

Ora: Permíteme hoy oír Tu dulce voz diciéndome “No tengan miedo, mi rebaño pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el reino.” Amén. Lucas 12:32 (NVI)

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