Susurros Nocturnos - 26 de Diciembre, 2015

 

Dec 26 El Corazón Sangrante de María

OBEDECE

Lucas 11:27

Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la multitud exclamó: —¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te amamantó!

El Corazón Sangrante de María

Entonces, ¿qué es lo que se hace con el Niño Jesús el día después de su nacimiento? Pregunten a cualquier madre y ella les dirá: Lo cuidas.

El pequeño y hambriento Jesús, sin duda ya había sido alimentado, bañado, acurrucado y mimado varias veces por su madre. Ella había contado cada dedito de la mano y de los pies, había movido su cabecita, observado Sus ojos atentos, y dicho varios dulces ‘holas’. Había besado sus mejillas, sostenido su delicada cabeza en la palma de su mano y mantenido caliente en la oscuridad del mesón, el cual más bien parecía una tumba. María, quien recién había dado a luz a su niño, sin duda de ahora en adelante y todos los días, sostendría en sus brazos amorosos a su propio libertador, a su propia salvación y a la salvación del mundo. Imaginen qué persona tan especial debió haber sido para que Dios la eligiera para convertirse en la que cuidara de Dios, en la gentil mentora de Jesús, la responsable de cuidar lo que Él va dejando, la maestra, la entrenadora, la enfermera, la consejera, la asesora. ¡María fue, en verdad, bendita entre todas las mujeres! ¡Imaginen eso!

Simeón, utilizando un par de tórtolas muertas, blancas y cubiertas de sangre, hablará del destino de este niño y de la Salvación de Dios, de la gloria de Israel, de la luz de los gentiles, de la revelación de los corazones y del levantamiento y caída de muchos por este tan pequeño bebé, y con terribles palabras comenzará a preparar, desde entonces, a la preciada alma de María, para el dolor que sólo una madre puede experimentar: “En cuanto a ti, una espada atravesará tu alma”(Lucas 2:35). Yo creo que en casos como estos, la ignorancia es mejor que llevar, por tantos años por venir, esta sombra de dolor junto a la alegría de criar a Jesús. Aunque Dios sabe lo que hace y quizá ella necesitaba saber eso desde aquel momento con tanta anticipación, para estar preparada para el horror que presenciaría en el árbol del Calvario. Imaginen el corazón sangrante de María. ¡Sólo imaginen eso!

Ahora piensen en la gracia de Dios, pues junto a María quien trataba de digerir esta amarga medicina de los labios de Simeón, llega la miel del cielo proveniente de los labios de Ana, la anciana. Porque en el instante en que le fue dado a María el mensaje de lo inevitable y del dolor que se avecinaba, llegó Ana a la escena haciendo dos cosas muy importantes: Primero, dió gracias y segundo, proclamó con gozo. Ella dió gracias al Padre por el regalo de Su Hijo y luego habló de Él, con entusiasmo expectante, ferviente y absoluto a todos los que buscaban la redención en Jerusalén.

Amigo, en este año nuevo que está a las puertas, cuando el Padre te dé alguna medicina amarga, busca la miel que viene con ella. Dios siempre hará lo amargo, dulce. ¡Siempre! ¡Recuérdalo!

En este año nuevo que está a las puertas, deseo que te encuentres en el templo del Señor; que te encuentres bajo la paloma roja de la paz; que te encuentres bajo el sacrificio; que te encuentres humilde ante tu Dios. ¡De todo corazón lo deseo!

En este año nuevo que está a las puertas, amigo, busca al Simeón de Sión; busca a aquellos que caminan junto al Padre; busca a los que tienen el oído de Jesús; busca a santos que saben escuchar y saben proclamar. ¡Que este año camines entre los grandes! ¡Imagínate!

Finalmente, en este año nuevo que está a las puertas, amigo, te pido que busques a Jesús. Camina tan cerca de Él, que tú también, al igual que la extraordinaria Ana, puedas hablar de Él a todos los que buscan la salvación en Jerusalén. Muchos lo hacen, querido amigo, ¡muchos aún lo hacen!

Reflexiona: Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la multitud exclamó: —¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te amamantó! —Dichosos más bien —contestó Jesús— los que oyen la palabra de Dios y la obedecen.

Ora: Padre, que la realidad de tu presencia se manifieste en mí y entre nosotros en este próximo año de nuestro Señor. Amén.

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