Susurros Nocturnos - 21 de Septiembre, 2016

Sep 21 Buscando el sexto sentido

¡SE!

Mateo 16:24-25

Luego dijo Jesús a sus discípulos: Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará.

Buscando el sexto sentido

La “Propiocepción” ha sido descrita como “el proceso por el cual el cuerpo puede variar la contracción de los músculos en respuesta inmediata a información entrante relacionada con fuerzas externas, por medio de la utilización de receptores de estiramiento en los músculos para llevar un registro de la posición de las articulaciones en el cuerpo”. En otras palabras, la propiocepción es la forma en que sabemos dónde encajamos en el espacio; o mejor aún, es cómo sabemos con exactitud dónde se encuentran nuestros pies, o la punta de nuestros dedos, o la posición de nuestra cabeza. Si perdemos nuestro sentido de propiocepción entonces perdemos el sentido de nuestro cuerpo. Esto es tan cierto que cuando sucede, en lo que respecta a nuestro “ser” físico, ¡no se nos puede encontrar por ninguna parte! Oliver Sacks describe a una de sus pacientes que había perdido este sexto sentido de “propiocepción” como comparable a una señora desmembrada.

La mayoría de nosotros estamos muy conscientes de dónde nos encontramos en el espacio. Sin embargo, “Quiénes somos”, es una pregunta totalmente diferente. Ahora, la triste realidad, la muy triste realidad es que muchos de nosotros no sólo hemos perdido nuestro sentido de nosotros mismos, sino que ¡jamás hemos descubierto quiénes somos en realidad! Y puedo decir que esto es especialmente cierto sobre los ministros, ¡quienes por tanto tiempo se han convertido, equivocadamente, en todo lo que la gente necesita, tanto así que sólo pueden contentar a unos cuantos! Muchos pastores se han perdido completamente en sí mismos. Por tanto, deja que esta pregunta arda en ti hoy: “¿Quién eres?”

La conformidad es muy frecuente entre los cristianos. He visto series completas de sermones elaborados y predicados, simplemente para masajear “lo acordado”, lo “inalterable” y la “visión popular”, ¡aún si está equivocado! He visto “la protección del púlpito” como una ley de culpabilidad (así es, lo escribí correctamente) en las normas de algunas iglesias, simplemente para asegurarse de que nadie ‘vuelque el bote’. “Si quieres pertenecer a este club, debes creer en el más intrincado de nuestros parámetros.” La gente se pierde en una conformidad tan servil y, aquellos que lo han hecho, son ahora simple y tristemente, la cáscara lamentable de lo que debían ser y, aún de lo que alguna vez fueron.

Sin embargo, de muchas otras formas más sutiles, muchos de nosotros hemos rendido nuestros rasgos distintivos a los destinos impuestos por nuestros padres, o quizá a la deliberación de los comités, o a los deseos de las esposas, los pedidos de nuestros hijos y, aún, a las normas sociales de una sociedad eclesiástica muy enferma. Muchos de nosotros hemos dejado de ser, hace mucho, mucho tiempo.

Antes de continuar amigos, déjenme asegurarles que no estoy hablando de faltar el respeto a nuestros padres, o del incumplimiento de nuestra amorosa tarea hacia nuestros hijos; tampoco estoy hablando de tener amargura hacia nuestros cónyuges, ni de rebelarnos contra la iglesia. Estoy hablando de algo mucho, mucho peor: La pérdida de nosotros mismos, de nuestro verdadero ser. Por tanto, déjenme preguntarles nuevamente, ¿quiénes son? ¿quién eres tú?

En nuestro versículo de hoy Jesús no está diciendo que debamos dejar de ser nosotros mismos. Él dice que debemos dejar de ser nuestro ser egoísta. Hay una gran diferencia. Consideren esto, ya que ha sido mi placentera observación el notar que cuando verdaderamente nos volvemos más parecidos a Cristo, también nos convertimos más en la persona para la cual Él nos creó. Cuanto más nos santificamos, más se libera nuestro verdadero yo. Si esto es verdad, entonces el ser cristiano debe ser un viaje apasionante hacia sorprendentes descubrimientos de nuestros verdaderos deseos y nuestro verdadero destino y no la opresión avergonzante y opresora de la ‘conformidad de barco de esclavos’ que tantos de nosotros experimentamos. Hoy les digo que, si no se liberan, ustedes van a provocar su propia muerte; así que, déjenme preguntarles nuevamente, ¿quiénes son? Créanme, una vez que comiencen a descubrirlo, ¡las cosas nunca serán iguales!

No te equivoques amigo: En verdad estoy ¡llamando a la “revolución”!

Reflexiona: “Un día el espíritu maligno les replicó: Conozco a Jesús, y sé quién es Pablo, pero ustedes ¿quiénes son?” Hechos 19:15

Ora: Señor, rompe las cadenas que sujetan Tu creación. Señor has que sólo busque Tu sonriente rostro, Señor, y por sobre todas las cosas ayúdame a ‘ser’, para que en verdad te deleites en mí. Amén.

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