Susurros Nocturnos - 15 de Marzo, 2014

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Mar | 15 | “¿Tú también, Brutus?”

DESAPARECE
 

Salmos 41:9
Hasta mi mejor amigo, en quien yo confiaba y que compartía el pan conmigo, me ha puesto la zancadilla.
 

“¿Tú también, Brutus?”

Un día como hoy, en el año 44 AC, Julio César fue apuñalado. Los amigos del César temían el creciente poder de los señores feudales y también a la comparación que el pueblo hacía de él y Alejandro el Grande y entonces, por el bien de Roma, decidieron asesinarlo. Shakespeare, en su tragedia Julio César (Acto 1, escena ii) muestra al César cayendo al piso cuando es apuñalado por la espalda por su amigo Marcus Brutus, pronunciando sus famosas últimas palabras “¿Tú también, Brutus?”

La traición es un tema recurrente en las Santas Escrituras, tanto en forma específica como general. Por eso, cuando esto te suceda a ti querido amigo, como seguramente te pasará, ¡no creas que eres la primer y única persona a la que le pasa! Verás... Las personas con frecuencia nos decepcionan y es posible que en algún punto sintamos la filosa puñalada de la traición en nuestras espaldas, tanto de amigos, como de novios, familiares, hijos o cónyuges. Cuanto más cercano es el amigo, más profunda es la herida. Recuerden eso.

Cuando sentimos esa traición, ya sea real o imaginaria, intencional o producto de sucesos desafortunados, tendemos a recluirnos. No obstante, aunque nos sintamos enojados y amargados, estos dos pequeños gemelos malvados, borrachos por un coctel de heridas y venganza y regocijándose en nuestro aparente desastre, pueden causar una gran devastación en nosotros o en nuestras relaciones. Lo más atroz de todo, es que el daño más profundo no es el del cuchillo en nuestra espalda, sino el que nosotros nos inflingimos cuando al meter nuestra cabeza como tortugas dentro de nuestro caparazón, nos alejamos tanto de la relación que se ha roto como de la escena del apuñalamiento y de esta manera profetizamos una devastación aún mayor a nosotros mismos, la cual termina por acabarnos.

Verán, cuando pronunciamos nuestra declaración protectora de “¡jamás permitiré que eso me suceda nuevamente!”, de hecho nos vamos encerrando cada vez más y tiramos la llave, nos arrodillamos, tomamos el cuchillo de júbilo amargo del diablo ¡y nos arrancamos las entrañas delante de él! A muchos de ustedes debo decirles hoy: “¡Miren! ¡desparramado sobre el piso, delante de ustedes, está todo lo que alguna vez fueron; está todo lo que debieron ser; y ha sido puesto allí, en mayor medida, por vuestras propias manos ensangrentadas y no por aquellos que los apuñalaron por la espalda!”

Con un shock estremecedor, permitan hoy que Dios comience a sanar esas heridas. ¿Están listos? Porque deben saber que Dios ha conocido la traición desde que Adán y Eva hundieron profundamente sus dientes en la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal. La traición, al igual que un jugo agridulce, ha corrido por las barbillas altaneras de los hombres desde que ese crujido que desgarró la fruta hizo eco por los pasillos del cielo y llamó al Padre para que viniera y buscara a la primer pareja de traicioneros desnudos. Dios sabe de estas cosas. Él puede ayudar. Él desea ayudar. ¡Sólo Él puede ayudar!

Me temo que la traición está dentro de nosotros. De ti, sí dentro de ti, que estás herido; tú, por naturaleza, eres capaz de traicionar ¡y necesitas el perdón de Dios por tu traición y por traicionarte a ti mismo también! Porque ambos sabemos que tu mayor traición probablemente tuvo lugar después de tu bautismo. ¿No es así? Por supuesto que sí. ¡Enfréntalo! ¡Eres tú el que necesita ser perdonado primero!

Tú no puedes alejar el dolor de la traición de manera inmediata, pero sí puedes dejar de arrancarte las entrañas y concentrarte en quitar gentilmente los cuchillos de tu espalda. Hacemos esto de dos formas, y estas formas mis amigos, forman las parejas más inusuales, porque debemos perseguir tanto la venganza como el perdón. ¡Así es! La traición necesita la respuesta de la venganza y del perdón. Estos dos, por tanto, deben ir de la mano.

David fue honesto al expresar los sentimientos de su corazón en el Libro de los Salmos. “Haz que mejore”, dice con frecuencia, “para que pueda pagarles conforme a sus hechos”, o “si no puedo pagarles conforme a lo que me hicieron, entonces Tú, Dios, búscalos ¡y dales lo que se merecen! Atorméntalos, hiérelos, mátalos. ¡Oh Señor, aplástalos!” Sí, al igual que David, debemos expresar nuestros sentimientos y luego debemos encomendar nuestra causa a Dios, porque al sabernos también traicioneros, y por el hecho de que nosotros también seremos acreedores de misericordia algún día y quizá por exactamente el mismo crimen de traición, debemos atemperar nuestras demandas de venganza y, específicamente, atemperar la búsqueda y la expresión de nuestra venganza. A su vez, cuando esto se una a la sabiduría, siempre nos inclinará a dejar nuestra venganza en manos del Juez justo. En otras palabras, “¡expresen la venganza, pero dejen que Dios se encargue de ella!”

Al tiempo que meditamos sobre el hecho de nuestra propia traición a Jesús, será más fácil entregar nuestro derecho de venganza a nuestro Padre, quien es el más justo juez y el más misericordioso; porque recuerden que en el final, ¡todos nosotros, los traicioneros, necesitamos perdón! Mientras nosotros, (quienes sin duda estaremos con sentimientos encontrados), entreguemos nuestras heridas y nuestras demandas de venganza a Dios, podremos pararnos de nuestras rodillas, dejar ir la cuchilla suicida del diablo, colocar nuestra mano sobre la puerta de nuestra propia prisión de reclusión y comenzar a caminar hacia la luz creciente del perdón y la libertad. Aléjense siempre de la venganza, entréguensela a Dios y caminen en el perdón, bendiciendo y haciendo el bien, aun a aquellos que los han herido y han abusado de ustedes, sabiendo que pronto el dolor se irá, y al entregar su venganza y al practicar el perdón, el dolor por la traición finalmente, oh, finalmente, comenzará a aligerarse, y en algún momento... ¡desaparecerá!

Medita: “No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor. Antes bien, Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.” Romanos 12:17-21

Ora: Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno. Amén.
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