Susurros Nocturnos - 10 de Julio, 2016

Jul 10 Enmarcando mariposas

ESPERANZA

Job 4:4 

Tú, que con tus palabras sostenías a los que tropezaban y fortalecías las rodillas que flaqueaban.

Enmarcando mariposas

Nuestro versículo del día de hoy es dicho a Job por su “amigo” Elifaz el Temanita. Las palabras pronunciadas parecen ciertas y deberían haber alentado a Job, tan profundamente atormentado y asolado en su espíritu. Desafortunadamente, no fueron más que el preámbulo para otras palabras duras y críticas que llegaron después. El amigo de Job pasaría ‘de Termita a Elefante’ y caminaría sobre el alma ya triste y enferma de Job, se alimentaría de su corazón y haría colapsar su casa sobre su cabecita debilitada. Las palabras son algo poderoso, amigos; o bien son sólidas y proporcionan las bases para construir lentamente pero con seguridad, o son rápidas y se mecen como una bola demoledora, llenando las vidas de devastación y polvo. Sí señores, las palabras son tan dulces como la miel, o tan amargas y repugnantes como mantequilla rancia.

A pesar de las canciones infantiles que hablan de palabras que “nunca nos hieren”, todos conocemos por experiencia el poder que tienen las palabras, o incluso ¡una sola palabra! En un sentido más amplio, también tenemos que reconocer el hecho sorprendente y espantoso de que las palabras también se reproducen. Verán, cuando salen de nuestra boca, despliegan sus alas, ingresan al cuerpo a través de los oídos y depositan sus huevos en el corazón. La manera en la que estas palabras se pronuncian, o incluso se reciben, implica que años después, cuando finalmente las larvas salen de su madriguera, o bien emergen como langostas devoradoras que nos carcomen desde nuestro interior, o bien como hermosas mariposas, que visitan cada recuerdo de nuestra mente y sanan las heridas sollozantes de muchas cosas que ahora nos angustian. ¿Sabían también amigos, que las palabras, especialmente las finales, las últimas, son las palabras que obsesionan a la gente? 

Muchos de ustedes han dicho palabras a sus seres queridos de las que desearían poder retractarse. Pero les digo: ¡No pueden! Sin embargo, en los años por venir, pueden colmar a los que han lastimado con palabras de una hermosura alada tal, ¡que con el tiempo la mariposa acabará con la langosta! Si es demasiado tarde, si la muerte ha hecho que la distancia sea demasiado grande para que las palabras la atraviesen, entonces, querido amigo, arrepiéntete y haz las paces con Dios. Ese arrepentimiento transformará tu horrorosa obsesión en un remordimiento arrepentido, y con el tiempo, Jesús mismo te revelará algo del poder amoroso y lleno de vida de otras palabras que pronunciaste a aquellos que se fueron; palabras buenas, palabras poderosas que les dijiste pero que habías olvidado. Sí, Dios puede tomar la sonrisa más ligera, presente en cualquier palabra, y convertirla en una luciérnaga en la oscuridad de un ser amado. Dios es bondadoso, más de lo que jamás podamos comprender. Que no te destruya la obsesión por tus palabras horribles del pasado, pronunciadas a personas que ya se han ido. 

Por eso, quiero animarte hoy a que empieces a coleccionar tus palabras en cuadros enmarcados. Palabras que capturen imágenes de lo que podría ser. Dedica tiempo, amor, compasión y cariño sincero a las palabras que les dices a los demás. Que sean como manzanas doradas en marcos de plata, y entrégalas empacadas; estáte preparado para cualquier posibilidad; dáselas también a aquellos que ya quieren recibirlas. La vida me ha enseñado que con el tiempo, todas las palabras se convierten en imágenes, y bien en salones de remordimientos, o bien en pasillos de felicidad, eventualmente son desempacadas para ser examinadas y colocadas en el corazón, y colgadas en nuestras paredes interiores como recuerdos perpetuos del bien o el mal que nos han deseado o que hemos obedecido en nuestro interior. Hoy, amigo, enmarca con cariño la mariposa revoltosa. 

Reflexiona: “Al encontrarme con tus palabras, yo las devoraba; ellas eran mi gozo y la alegría de mi corazón.” Jeremías 15:16

Ora: Oh Dios, en mi boca yace un mal revoltoso y un mundo de llamas, incluso hasta un frasco de veneno que gotea… Señor, somete mi lengua, quita de ella todas sus maneras de atacar y haz que siempre destile amor. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.

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