La mujer que soltó su carga - Con Diseño Divino - La Semana del 13 de Abril

Con Diseño Divino

La mujer que soltó su carga

De la Palabra de Dios:“Así que se fue, comenzó a comer de nuevo y ya no estuvo triste.” (1 Samuel 1:18)

Esta mujer cargaba un dolor profundo, pero un día tomó una decisión que cambió su vida. Y nosotras tenemos mucho que aprender de ella.

Su nombre pudiera traducirse como gracia o favor, o llena de gracia y favor. Y otra posibilidad es “el que da”. Hoy estamos hablando de Ana, la madre de Samuel. Y si no estás muy familiarizada con su historia, el capítulo 1 de 1 Samuel te la cuenta. Puedes leerlo aquí.

El dilema de ella era el de muchas otras a lo largo de la historia. Ana quería tener hijos, pero su anhelo no se hacía realidad. Y aunque en cualquier siglo esto puede ser causa de tristeza, en su caso era mayor porque el valor de una mujer descansaba grandemente en los hijos que tuviera. Pero quiero invitarte a mirar más allá, porque la vida nos presenta retos diferentes a cada una.

Puede que el tuyo sea el de Ana, o tal vez tienes hijos pero los ves alejarse de Dios. Quizá tu dilema está en la soltería, o en la falta de trabajo. A lo mejor estás luchando porque quieres servir a Dios de una manera en particular, convencida de su llamado, pero las puertas todavía no se abren. Puede ser que tu desafío esté en relaciones difíciles en tu escuela, con tu familia, en tu trabajo. ¡Hay tantos! El asunto es que siempre que nos encontramos ante una situación complicada, desafiante, o ante un anhelo no cumplido, tenemos varias alternativas y de ahí viene la lección que quiero aprendamos de Ana.

El relato bíblico nos indica que por años Ana sufrió. Sufría al punto de terminar llorando y deprimida, se nos dice que ni siquiera quería comer. Mi querida lectora, hay momento para todo, así que si una situación te saca las lágrimas, te quita el apetito, y te embriaga de tristeza, no creas que por eso eres menos fuerte o menos cristiana. ¡Es normal! Y llorar, en su momento y cierta medida, nos hace bien. ¡Hasta Jesús lloró!

Sin embargo, no podemos quedarnos allí. Ana decidió un día que tenía que llevar su llanto y su dolor — incluyendo el dolor de las burlas de la otra mujer de su casa, Penina—, a otro nivel. Y acudió a Dios (lee el versícul0 16).

Esta es la lección principal de Ana. ¿Qué estamos haciendo con las situaciones difíciles, con los desafíos y encrucijadas de la vida? No podemos quedarnos en el desánimo ni la tristeza, ¡tenemos que correr a Dios! Él está preparado para escuchar nuestras frustraciones, está dispuesto a enjugar nuestras lágrimas y abrazarnos. Tantas veces corremos en dirección contraria cuando llegan las dificultades o cuando los anhelos no se cumplen. Ya hemos visto historias de mujeres que intentaron solucionar el problema “ayudando a Dios”, y solo consiguieron un problema mayor. ¡Pero Ana actuó diferente!

Y, ¿sabes?, a veces la respuesta no es un sí, puede ser un todavía no, e incluso un no. Dios sabe lo que es mejor, sabe cuál es el mejor momento. No obstante, él quiere que descansemos en él, que confiemos, como Ana. Ella no sabía el resultado final. El sacerdote Elí le deseó lo mejor, su deseo era que Dios le diera un sí a Ana, pero cuando ella se fue del templo aquel día, no tenía un sí. Lo que sí tenía era paz, su corazón había cambiado.

“Así que se fue, comenzó a comer de nuevo y ya no estuvo triste” (v. 18).

¡Ahí está el secreto! Eso es lo que hace la confianza en Dios. Tenemos que aprender a dejar los asuntos en sus manos, vivir la vida que nos ha puesto por delante y no estar más triste. Como te dije antes, hay momentos para todo, incluso para estar triste; pero como hija de Dios no puedes vivir para siempre en la tristeza. Tenemos que aprender con Pablo a alegrarnos, cualquiera que sea la situación. ¿Será eso negar la realidad? ¡No! Eso es aprender a fortalecernos en el gozo del Señor (Nehemías 8:10).

Mi amiga lectora, yo no sé cuál es tu dilema, tu batalla, tu anhelo; pero ten la certeza de que Dios sí lo conoce muy bien. ¡Corre a sus brazos! Entrégale tu carga como Ana. Llora allí si es necesario. Clama y no te des por vencida. Pero después, ¡alégrate! Confía en que tu Dios, que te ama y tiene planes maravillosos para tu vida, se encargará de todo, y el resultado será el mejor para ti.

Una mujer que confía en Dios es una mujer feliz, porque su felicidad no depende de las circunstancias.

(Publicado originalmente en wendybello.com)

© 2015 Wendy Bello

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